and I say

wake up and be ~

lunes, 31 de marzo de 2008

Cielo eterno

El cielo se abre y entre nubes lo distingo,
Es el Sol que se asoma con todo su esplendor,
Su luz radiante me da en la cara mojada,
Y me transmite una paz extraordinaria.

Después de la tormenta tan fría,
Sale para hacerme entender de nuevo,
Que después de algo malo viene algo bueno,
Que te da la fuerza para soportar el tiempo.

Aunque tengo helado el cuerpo,
Por las gotas punzantes de la adversidad,
Sé que algo siempre llegará,
Para darme la esperanza de continuar.

Me abrigo con nubes de algodón,
Ellas me cubren del dolor,
Sé que no me abandonaran,
Aunque llegue un diluvio de sal.

De noche veo estrellas fugaces,
A las cuales les pido deseos,
Son la personificación de mi esperanza,
Como sueños que se escapan.

La Luna me vigila y me sigue a donde sea,
Es mi compañera en mis noches de soledad,
Guarda mis secretos, escucha mis cuentos,
Me cuida y destruye mis miedos.

El cielo es eterno como mi fe,
Siento que pase lo que pase resistiré,
Porque me aguarda todos los días,
A pesar de que no sea la misma.

sábado, 15 de marzo de 2008

Un nuevo atardecer

Cuando carezca de razones y la lógica pierda el sentido, aquí estaré.
Cuando sus miradas me apuñalen prejuiciosamente, aquí estaré.
Cuando el dolor quiebre como frágil cristal mi alma, aquí estaré.
Cuando de un paso en falso y caiga al vacío del abismo, aquí estaré.
Cuando la sangre hierba de furia y la ira me traicione, aquí estaré.
Cuando tus besos sean tan fríos como falsos, aquí estaré.
Cuando las lágrimas empapen mi rostro, aquí estaré.
Cuando las sonrisas denoten una cruenta tristeza, aquí estaré.
Cuando el futuro parezca inalcanzable y el pasado insensato, aquí estaré.
Cuando la indiferencia de tu espalda me azote, aquí estaré.
Cuando tus palabras se transformen en frases hirientes, aquí estaré.
Cuando la soledad sea mi mejor compañera, aquí estaré.
Cuando tu presencia equivalga a tu ausencia, aquí estaré.
Cuando extrañe con fervor el precioso recuerdo de mi pasado, aquí estaré.
Cuando inútilmente quiera recuperar lo que nunca fue mío, aquí estaré.
Cuando el deseo se apropie de mi carne y actúe como una cobarde, aquí estaré.
Cuando ya no tenga monedas para darle a un mendigo, aquí estaré.
Cuando la lluvia reine y la melancolía me abrume, aquí estaré.
Cuando me falte lo que quiero, aún más lo que necesito, aquí estaré.
Cuando la fúnebre hora llegue a mis seres más amados, aquí estaré.
Cuando mis manos estén sucias de culpa y rencor, aquí estaré.
Cuando el infortunio se vuelva parte de mi vida, aquí estaré.
Cuando busque con ansías y no consiga nada, aquí estaré.
Cuando el amor de su corto paso al odio, aquí estaré.
Cuando hagas oídos sordos a mis explicaciones, aquí estaré.
Cuando no haya justificaciones para mis actos, aquí estaré.
Cuando las cicatrices se abran y agonía padezca, aquí estaré.
Cuando el silencio sea más vacío que tus rimas, aquí estaré.
Cuando la imaginación se extinga y al inspiración se pierda, aquí estaré.
Cuando el camino sea difícil y la niebla no me permita ver, aquí estaré.
Cuando la familia se desintegre y los amigos desaparezcan, aquí estaré.
Cuando Dios, todo poderoso, lance sus injurias contra la Tierra, aquí estaré.
Cuando mis creencias y mis filosofías no valgan nada, aquí estaré.
Cuando todo lo aprendido no baste para consolarme, aquí estaré.
Cuando tu abrazo se sienta como abrazar el aire, aquí estaré.
Cuando los árboles en otoño no dejen caer tan hermosas hojas, aquí estaré.
Cuando el mar, impetuoso, pierda su color sin igual y se vea opaco, aquí estaré.
Cuando las estrellas ya no posean su fulgor, aquí estaré.
Cuando el rey Sol parezca de papel y no imponga presencia, aquí estaré.
Pase lo que pase, no importa las circunstancias, no importa cómo...aquí estaré...esperando un nuevo atardecer...

martes, 26 de febrero de 2008

Soledad

El aire tiene ese sabor a melancolía, e inconcientemente suspiras. Existen tantas razones para llorar hoy, pero el dolor es tan abstracto que no te permite expulsarlo a través de esas tibias gotas salinas.
Apoyas tu cabeza entre tus brazos, y miras a la nada, esperando que algo milagroso suceda. Esa eterna ilusión de niña de que alguien, más allá de todos, tenía el poder de rescatarte de tus agonías y pintar el grisáceo cielo de color turquesa.
Entonces esa canción resuena en tu mente y empezas a cantarla con ese tono de voz tan suave y dolorido. Alguien, quizás muy lejos de donde estás, quizás hace mucho tiempo, se sentía como vos lo haces ahora. No necesitas pensarlo demasiado, después de tanto tiempo, te sentís comprendida y contenida. Todos esos recuerdos que pensabas que eran felices y llenos de amor, solo fueron una cruel mentira que te obligaste a creer, una falsa sonrisa que no valía nada.
Miles de recuerdos pasan por tu mente, lentamente, y te das cuenta de que todas aquellas cosas que pasaste, realmente no las viviste. Siempre reprimiendo tus sentimientos, por ese miedo tan lógico de ser excluida de la sociedad solo por ser diferente, solo por ser quien sos.
Tu plan de alzar la voz siempre se ve interrumpido. Cada vez que decís lo que pensas, las personas se vuelven en tu contra, sin siquiera intentar escuchar la intención de tus palabras. Y no te conviene, los necesitas para coexistir. Los usas, por lo que son, marionetas y muñecos que se dejan ir por la corriente de lo cotidiano y lo que, supuestamente, es lo normal.
Callas y cada palabra, cada emoción cantada te apuñala el alma. Tu soledad es encantadora, no quizás porque realmente lo sea, sino porque es lo único que tenes. Vos no sos nada, porque tus pensamientos y sentimientos no son expresados, llevados a cabo.
Quizás, alguien muy lejos de donde estás, en un tiempo indefinido, sólo quizás, se siente como vos.
Todos nos sentimos nadie alguna vez.

domingo, 13 de enero de 2008

Lejos, tan lejos...

El Sol sangrante se esconde tras el horizonte,
sus últimos rayos dan calidez a mi rostro,
una tierna sonrisa se torna, se desliza,
sigo caminando, sin importar el destino.

Silencio, la boca húmeda pero cerrada,
música, cada elemento que me rodea es una nota,
pensamientos que acuerdan con los sentimientos,
tranquilidad en mi mente, paz en mi alma.

Cada vez más lejos, pero tan cerca,
de lo que alguna vez llame hogar,
cada persona en su trayecto, taciturnas,
acompañada pero totalmente sola.

Siento la distancia, siento la ausencia,
pero aún estás aquí, penetrante en mi corazón,
no puedo evitarlo, no puedo olvidarlos,
incluso en la soledad están conmigo.

A cada paso que doy, a cada nota que suena,
empecé a entender lo poco que entendía,
que aún falta estar mucho más lejos,
y allí fusionarme con el firmamento.

Alzar la mirada, dejarse llevar a ningún lugar,
que el viento sople y me guíe a mi nuevo refugio,
expresar cada emoción, hacerlas realidad,
seguir el instinto para poderme encontrar.

Aunque las nubes cubran el Sol o la Luna,
y tiñan de gris el hermoso cielo, tan triste y melancólico,
no dejaré de sonreír mientras este allí, llamándome,
acudiré a su cantar, aunque caiga un frío diluvio.

Llegaré tan lejos como deba estar para comprenderlo,
dejaré atrás algunas notas, pero su melodía sonará en mis oídos,
su cercanía, en mi piel sus brazos y en mi mente los recuerdos,
Lejos, sólo estando lejos, estoy realmente cerca…

jueves, 13 de diciembre de 2007

Perdón

Un vacío intenso me recorre la espina dorsal,
Provocando un escalofrío cálido y habitual,
Desencadenando un suspiro seco inanimado,
Sin omitir un sonido que opaque el silencio,
Aquel que asesino la lluvia en ese pálido Enero.

Veo las gotas agolparse contra el frágil cristal,
Amenazan con quebrarlo, atravesar la barrera,
Entre la cruda realidad y un sueño dormido,
Me despierto de mi letargo para escucharla,
Trae palabras olvidadas con el viento.

Observo la ventana, esperando una respuesta,
El reflejo de mis ojos en su tibia lágrima,
Casi perfecta, la creación de una gran tristeza,
Trato de entender el dolor que conlleva,
Siento culpa y me uno a su llanto agonizante.

Quisiera largar una palabra al aire para consolarla,
Pero es inútil, no podría curar su profunda herida,
Lejana como aquella estrella empapada de luz,
Sufriendo como la luna sin reflejo espejado,
Eterna, sin principio, sin fin, una condena injusta.

Podría gesticular la bendita palabra que repito en mi mente,
Pero mi boca se cierra lentamente, por miedo,
Quizás sea en vano decirlo ahora, pero creo que debo,
Es posible que escuches las palabras en el viento,
Tome el valor y la dije, despacio y susurrando: Perdón.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Culpa

Su mirada fue como flechas enardecidas, penetrando en la jugosa carne de su cuerpo. El odio tomaba todo su ser y mente, más no pudo nada decir. Un grito agudo corrompió el silencio que hasta entonces había habitado la noche. No entendía nada al respecto, sólo podía observar el hecho pero no profundizaba en este, quizás por miedo a las respuestas que podría llegar a darse.

Él estaba anonadado, paralizado y aunque tenía la voluntad no era capaz de dar las explicaciones que suponía que ella querría. Reaccionó, la abrazo con fuerza y pidió perdón, pero bien sabía que no sería suficiente para olvidar tal episodio.

Ella quería simplemente pasar por alto lo sucedido, pero era imposible. Inevitable fue entonces que rompiera en llanto, convirtiendo en cenizas su ira. Entre su sollozo alcanzó a pronunciar sólo una pregunta: “¿Cómo pudiste?”. No lo sabía y creía no querer saberlo pero no encontraba en su retorcida mente una resolución para dicho enigma. Lo cierto es que él tampoco tenía una respuesta, fue un simple impulso que amenazaba con derrumbar todo lo construido hasta el momento.

¿Qué hacemos ahora? - dijo él con la voz temblorosa. Nada, nada, acá no paso nada – respondió ella entre lágrimas.

El cielo estaba pálido y repleto de nubes grisáceas, como sí Dios sospechase del acto que había sido cometido. El día escoltaba a la tristeza alojada en sus corazones. En vano fue pretender ignorarlo, pero con el suficiente disimulo pudieron ocultar ese sentimiento que oprimía sus pechos en un intento desesperado de emerger de sus entrañas. Pronto arribaron de nuevo a su práctica y monótona rutina. Cada cual a su trabajo, subsistiendo por separado hasta el anochecer donde se cruzaban sus caminos en la entrada de esa llamativa morada a la que llamaban hogar.

Cuando se reunieron allí trataron de prescindir el acto cruel, pero difícil se veía llevar a cabo tal idea. Fue necesario enfrentarse en una mirada fulminante que dio todo por entendido. Sabían que no podrían seguir viviendo con esa culpa a cuestas, llevando ese error en sus espaldas. Tan pesado era que su carne se despedazaba y sus huesos comenzaban a quebrarse. Su alma se sentía deteriorada y densa, como el aire en una húmeda tarde de verano.

Durante la cena no se emitió palabra alguna, sus bocas permanecían mudas a pesar de la cantidad de pensamientos que abrumaban sus mentes. Él no probó bocado del festín que ella había preparado y sin aviso previo se retiro a dormir, para tratar de eludir la realidad a través de los sueños, un mundo donde sus deseos se cumplían sin objeción a su condenado amo.

Se sentó en el enorme sillón de terciopelo púrpura. Se estiro y de recostó en él, consiguiendo una comodidad tal, capaz de borrar por breves momentos el historial de los últimos días, que eran para ella un martirio. Una puntada en su pecho, como una aguja atravesándola de lado a lado la despertó. Su piel transpirada y sus ropas mojadas. Pasaron tres largas horas, aunque para ella no fue más que un parpadeo. Los grillos desataron una sinfonía que arrasaba con el sigilo del crepúsculo y era tan vasta que podía acallar las voces de su conciencia.

Fue a la habitación que lúgubre se encontraba gracias a los rayos de la luna que ingresaban por las albinas cortinas. Se acostó en su lecho, frío y hostil. A su lado, y sin embargo distante, se hallaba su lánguido amado. Con sus secos labios besó con ternura su frente, creyendo que así podría resguardarlo de las posibles tinieblas que lo absorbían durante el descanso de su espíritu agobiado. Después de todo, no importaban las circunstancias, su amor por él era tan inmenso como el mismísimo mar, difícil de secar, ignorar y fuerte como sus olas. Una vez que aseguro su reposo tras la tregua de las sombras, se enfocó en su ingreso a la tierra de Morfeo. Cerró sus ojos, prácticamente obligándose a hacerlo, pero no alcanzaba la tranquilidad necesaria para abordar la barca que la llevaría a través de ese pacífico río a su palacio de ensueños. Luego de agotadores intentos logró su objetivo y se quedó plácidamente dormida.

Su propósito de conseguir armonía en este estadio se vio interrumpido por una pesadilla. En un jardín de rudos pastos y fúnebres árboles se encontraba de rodillas. La árida tierra estaba quebrada y de sus grietas emergía un cálido olor a azufre. La brisa traía con ella murmullos de voces perdidas. Su mirada, que hasta entonces estaba fija en sus sangrientas extremidades inferiores, se alzó y pudo observar la gran cruz que se hallaba frente a ella. Ahí estaba, ese nombre grabado. Todos sabían lo que había pasado, no existía secreto alguno para el destino. Su garganta se cerró, como sí invisibles e inverosímiles manos la estrangularan. Sus ojos se tornaron rojos y sangre caía por ellos recorriendo sus suaves mejillas. Un grito mudo que no podía ser exhalado. Lo aceptaba sin réplica, ya que sabía que lo merecía, que se había ganado esa tortura. El dolor era tan inmenso que su cuerpo se estaba estremeciendo y fuertes escalofríos le recorrían la espina dorsal.

Abrió sus ojos color cielo, repentinamente. Palpo con su mano derecha la cama y estaba tibia. Se había ido, ya era tarde. Ese día no fue a trabajar, y se paso toda la mañana limpiando la casa, para liberarla de las malas energías. Cuando cayó el Sol en el horizonte, salió a dar un paseo.

Las calles parecían infinitas y estaban algo vacías, como ella. Las pocas personas que transitaban su mismo trayecto, parecían títeres carentes de esencia. Sus cabezas cabizbajas, mirando las baldosas de la vereda. Pasos por inercia, cada cual en su pequeño mundo. Nadie era capaz de ver a sus acompañantes a los ojos, no les importaba el resto. Ahogándose en sus deberes y en ecuaciones de felicidad frustrada, esperando un milagro que pueda salvarlos de su fracaso.

Regresó y su amado estaba acurrucado sobre el brillante piso de mármol. Sus culpas lo agobiaban y no sabía ya como expresar el intenso martirio que sucumbía su ser. Su rostro mojado, indicio de que las lágrimas brotaron de sus castaños ojos. Su pálido cuerpo tembloroso, como sí tuviera miedo, como sí supiera el plan que ella venía trabajando durante días.

Se acerco, y lo abrazo en sus cálidos brazos. Hacelo – dijo con su voz quebrada – no puedo seguir viviendo así. Sus frágiles extremidades tomaron su cuello. Suspiros secos, llenos de alivio y perdón. Al fin alcanzaría ese hermoso paraíso que sólo era suyo en sus breves sueños. El rito de amor y muerte casi había finalizado cuando de sus labios se pronunciaron dos palabras, fue un instante, un susurro, pero basto para expresar todos sus sentimientos. Te amo - dijo él mientras admiraba sus dulces rasgos colmados de arrepentimiento. La sangre fluyó por su boca, derramándose sobre su semblante y las delgadas manos de su prometida.

No podía creerlo, lo había hecho. Un agujero negro en su ánima se formo, causa de su desconsuelo. En la desesperación oculto su cara tras sus manos llenas de sangre. Mientras todos sus alegres recuerdos pasaban como una película en su cabeza, entendiendo todo lo que había perdido, todo lo que había asesinado. Incontrolable fue el impulso de acariciar de manera enérgica el cadáver de su adorado entretanto su llanto purificaba sus cuerpos.

La policía tardó seis días en encontrar el cuerpo del difunto y cuando le preguntaron a ella porque lo hizo, respondió: lo hice porque lo amo, porque no merecía cargar con la culpa que desde un principio fue siempre mía.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Un intento de eternidad

Mis letras, cada palabra e incluso pensamiento es un intento de permanecer viva y sentirme como tal. Pero es más que eso, es tratar de marcar sus almas para ser eterna en sus sentimientos...